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Antonio González Espinar

Un lugar de ensueño

Un lugar de ensueño

 

UN LUGAR DE ENSUEÑO

 

   El sendero, estrecho y cubierto de malea, se adentraba en la selva. Los rayos de sol llegaban tamizados por la espesura de la vegetación, el aire era cálido, húmedo y estaba cargado de mil aromas diferentes. El trinar de pájaros de vistosos y coloridos plumajes llegaba hasta nuestros oídos  creando un ambiente de deleite para todos los sentidos.

    Después de algún tiempo de marcha percibimos un ronco y continuo rumor, casi imperceptible, pero que poco apoco fue aumentando de volumen hasta llenar por completo todo el espacio, se apagó el canto de los pájaros, que seguíamos viendo, pero a los que ya no podíamos oír.

   De pronto, tras un recodo del camino pudimos ver  el mayor espectáculo que podía ofrecernos la naturaleza;  un enorme y caudaloso río parecía precipitarse  desde el cielo. Hacia cualquier punto que dirigiéramos la vista podíamos ver, como en un gran abanico, grandes columnas de agua que saltaban, brincaban y golpeaban las rocas levantando una nube de agua pulverizada que se elevaba en el cielo produciendo mil arcos iris. El azul del cielo, el blanco de la espuma, el verde de la vegetación y los colores del arco iris producían una mágica combinación de agua, luz, color y sonido que convertía el paraje en un lugar de ensueño.

 

                                                    Iguazú, (Agua grande) enero 2008

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